La tortuga
Aunque jamás se muda,
a tumbos, como carro de mudanzas,
va por la senda la tortuga.
La luna
Es mar la noche negra;
la nube es una concha;
la luna es una perla…
Los zopilotes
Llovió toda la noche
y no acaban de peinar sus plumas
al sol, los zopilotes.
Chapulín
Atrio en la aldea cálida
chapulín volador:
abanico y matraca.
Abraxa
Como un diamante sobre el terciopelo
de un joyero de ébano sombrío,
abandona tu amor sobre mi hastío
la adamantina claridad del cielo.
Rugió la tempestad…: muerte de frío
en ti —jardín en flor— posé mi vuelo,
y te bañó mi torvo desconsuelo,
¡oh lirio!, en vez del matinal rocío.
¡Y ni un suspiro de tristeza exhalas!
Y dejas que mi frente pesarosa
empolve con sus pésames tus galas,
¡y que te abrace al fin m i alma tediosa
como crispa un murciélago sus alas
sobre el cáliz fragante de una rosa!
1900 – El florilegio 1904
Ónix
Torvo fraile del templo solitario
que al fulgor de nocturno lampadario
o a la pálida luz de las auroras
desgranas de tus culpas el rosario…
¡Yo quisiera llorar como tù lloras!
Porque la fe en mi pecho solitario
se extinguió, como el turbio lampadario
entre la roja luz de las auroras,
y mi vida es un fúnebre rosario
más triste que las lágrimas que lloras…
Casto amador de pálida hermosura
o torpe amante de sensual impura
que vas —novio feliz o amante ciego—
llena el alma de amor o de amrgura.
¡Yo quisiera abrasarme con tu fuego!
Porque no me conmueve la hermosura,
ni el torpe amor, ni la pasión impura;
porque en mi corazón dormido y ciego
ha caído un gran soplo de amargura,
que también pudo ser lluvia de fuego…!
¡Oh guerrero de lírica memoria
que al asir el laurel de la victoria
caíste en tierra con el pecho abierto;
para vivir la vida de la gloria
¡Yo quisiera morir como tú has muerto!
Porque al templo sin luz de mi memoria,
sus escudos triunfales la victoria
no ha llegado a colgar; porque no ha abierto
el relámpago de oro de la gloria
mi corazón obscurecido y muerto.
¡Fraile, amante, guerrero… yo quisiera
saber qué obscuro advenimiento espera
el anhelo infinito de mi alma…
Pues de mi vida en la tediosa calma
no hay un Dios, ni un amor, ni una bandera!
1893 – El florilegio 1904
Los ojos en blanco
Sobre la yerba estrujada,
bajo la fronda sombría,
te recliné desmayada
cuando la tarde moría.
Miré tu faz sonrosada
que pálida se volvía,
y sentí tu boca helada
bajo el ardor de la mía…
Y antes de que agonizante
quedara sobre tu flanco
clavado el viril anhelo,
¡miré en el supremo instante
hasta tus ojos en blanco
bajar el oro del cielo!
Al sol y bajo la luna 1918
(José Juan Tablada. Sel. y pról. Antonio Saborit. México: Ediciones Cal y Arena, 2008)
