Poemas para antes y después de navegar


  • José Juan Tablada

    La tortuga

    Aunque jamás se muda,
    a tumbos, como carro de mudanzas,
    va por la senda la tortuga.

    La luna

    Es mar la noche negra;
    la nube es una concha;
    la luna es una perla…

    Los zopilotes

    Llovió toda la noche
    y no acaban de peinar sus plumas
    al sol, los zopilotes.

    Chapulín

    Atrio en la aldea cálida
    chapulín volador:
    abanico y matraca.

    Abraxa

    Como un diamante sobre el terciopelo
    de un joyero de ébano sombrío,
    abandona tu amor sobre mi hastío
    la adamantina claridad del cielo.

    Rugió la tempestad…: muerte de frío
    en ti —jardín en flor— posé mi vuelo,
    y te bañó mi torvo desconsuelo,
    ¡oh lirio!, en vez del matinal rocío.

    ¡Y ni un suspiro de tristeza exhalas!
    Y dejas que mi frente pesarosa
    empolve con sus pésames tus galas,

    ¡y que te abrace al fin m i alma tediosa
    como crispa un murciélago sus alas
    sobre el cáliz fragante de una rosa!

                                        1900 – El florilegio 1904

    Ónix

    Torvo fraile del templo solitario
    que al fulgor de nocturno lampadario
    o a la pálida luz de las auroras
    desgranas de tus culpas el rosario…
    ¡Yo quisiera llorar como tù lloras!

    Porque la fe en mi pecho solitario
    se extinguió, como el turbio lampadario
    entre la roja luz de las auroras,
    y mi vida es un fúnebre rosario
    más triste que las lágrimas que lloras…

    Casto amador de pálida hermosura
    o torpe amante de sensual impura
    que vas —novio feliz o amante ciego—
    llena el alma de amor o de amrgura.
    ¡Yo quisiera abrasarme con tu fuego!

    Porque no me conmueve la hermosura,
    ni el torpe amor, ni la pasión impura;
    porque en mi corazón dormido y ciego
    ha caído un gran soplo de amargura,
    que también pudo ser lluvia de fuego…!

    ¡Oh guerrero de lírica memoria
    que al asir el laurel de la victoria
    caíste en tierra con el pecho abierto;
    para vivir la vida de la gloria
    ¡Yo quisiera morir como tú has muerto!

    Porque al templo sin luz de mi memoria,
    sus escudos triunfales la victoria
    no ha llegado a colgar; porque no ha abierto
    el relámpago de oro de la gloria
    mi corazón obscurecido y muerto.

    ¡Fraile, amante, guerrero… yo quisiera
    saber qué obscuro advenimiento espera
    el anhelo infinito de mi alma…
    Pues de mi vida en la tediosa calma
    no hay un Dios, ni un amor, ni una bandera!

                                                    1893 – El florilegio 1904

    Los ojos en blanco

    Sobre la yerba estrujada,
    bajo la fronda sombría,
    te recliné desmayada
    cuando la tarde moría.

    Miré tu faz sonrosada
    que pálida se volvía,
    y sentí tu boca helada
    bajo el ardor de la mía…

    Y antes de que agonizante
    quedara sobre tu flanco
    clavado el viril anhelo,

    ¡miré en el supremo instante
    hasta tus ojos en blanco
    bajar el oro del cielo!

                            Al sol y bajo la luna 1918

    (José Juan Tablada. Sel. y pról. Antonio Saborit. México: Ediciones Cal y Arena, 2008)


  • Rossella Di Paolo

    Enigma

    El castillo ha llegado con el viento
    con la lluvia se han abierto las banderas
    como soles.
    (Pasa el rey con su sonrisa
    incrustada en la corona)
    Los muros estiran su piel de tambor
    en tanto doblan cabezas las campanas
    y la hierba arde tres siglos
    bajo los pies de los hombres
    enzarzados en la danza.

    El cuerpo donde habito

    I
    Todo este buen objeto que es un cuerpo:
    sus brazos flacos despegados por arriba
    sus alocadas piernas cortadas hacia abajo
    y en el medio el pedacito de torso
    con su corazón puntual, sus riñones limpios
    y este pulmón que se asoma a la ventana
    y conversa con el otro
    sobre si el cerebro encabezado, si la boca armada
    si las altas hogueras parpadeando al unísono.
    Ah este cuerpo alegre como un perro chico
    con su sexo despierto saltando en la puerta.
    Sin este honroso cuerpo, duro y claro,
    sin su lúcida arquitectura
    de huesos quietos y pellejo alzado
    dónde habitaría y cómo
    tanta tierra acongojada nada?

    II
    En los brazos de mi cuerpo estoy
    en sus pies me alzo y ando.
    De mi cuerpo soy hija única
    y en su piel me sumerjo entera.
    Sin mi cuerpo no hay voz
    ni mi voz ni tu voz
    sin las orejas de mi cuerpo
    ni tu cuerpo sin los ojos del mío
    sin sus manos.
    Me ama este cuerpo que yo habito
    me abre sus ventanas y me teje
    y desteje cada día que me asomo.
    Es él quien fabrica las palabras
    la conciencia de estar / de ser aquí
    porque así lo quiere
    y si no lo quiere entonces nada
    de nada.

    Las altas distancias

    Si yo escribo tu nombre en la arena
    y tú escribes mi nombre en la arena
    pero en esta playa
    es que hemos descuidado las cosas
    hemos dejado crecer el mar como hierba mala
    y habrá que arrancarlo con cuidado
    hasta allanar la arena de esa playa
    donde puedas escribir mi nombre y rozar el dedo
    que está escribiendo el tuyo despacito.

    Al hipócrita lector

    Sólo estas palabras que junto frente a tus ojos
    como un montón de basura
    para que tropieces cada vez que salgas
    silbando a la calle
    mil veces además porque escribo en Lima
    y están de huelga los muchachos del alcalde
    los tristes, los olvidados muchachos de la orquesta
    con su camión ón ón y su triángulo recolector
    de cajas y bolsas reventando de palabras
    y otras inmundicias.

    Cesare P.

    Sé que lo tuyo es revolverse entre las brasas
    arrancarte los cabellos
    y las barbas si las tuvieras
    aplastar con los dedos la más pequeña luz antes que crezca
    como una espada de sol
    que te arroje de ese fosco paraíso
    que levantaste a pulso, severamente,
    y con exactas lágrimas regaste.
    Oh señor de la voluntad y del fierro,
    oh cáustico,
    sé que bajo tus pasos terribles no vuelve a crecer la hierba
    que tu aliento parte las sillas en dos
    en tres la fiesta.
    Sé que fui el ratón entre los anillos
    de la serpiente de fuego,
    el gato atrapado sobre el témpano de hielo.
    No soy digna de que entres en mi casa:
    hay demasida luz en ella,
    verdes pastos, blandas camas,
    pero una palabra tuya bastará para derribarla.

    (R. Di Paolo. Poesía reunida, 1985-2016. Presentación Ana María Gazzolo. México: FCE, 2023)


  • Amado Nervo

    Oremus

                                        Para Bernardo Couto Castillo

    Oremos por las nuevas generaciones,
    abrumadas de tedios y decepciones;
    con ellas en la noche nos hundiremos.
    Oremos por los seres desventurados,
    de mortal impotencia contaminados…
                                  ¡Oremos!

    Oremos por la turba que a cruel prueba
    sometida, se abate sobre la gleba;
    galeote que agita siempre los remos
    en el mar de la vida revuelto y hondo,
    danaide que sustenta tonel sin fondo…
                                  ¡Oremos!

    Oremos por los místicos, por los neuróticos,
    nostálgicos de sombra, de templos góticos
    y de cristos llagados, que son supremos
    desconsuelos recorren su ruta fiera,
    levantando sus cruces como bandera.
                                  ¡Oremos!

    Oremos por los que odian los ideales,
    por los que van cegando los manantiales
    de amor y de esperanza de que bebemos,
    y derrocan al Cristo con saña impía,
    y después lloran, viendo el ara vacía…
                                  ¡Oremos!

    Oremos por los sabios, por el enjambre
    de artistas exquisitos que mueren de hambre.
    ¡Ay!, el pan del espíritu les debemos,
    aprendimos por ellos a alzar las frentes,
    y helos pobres, escuálidos, tristes, dolientes…
                                  ¡Oremos!

    Oremos por las células de donde brotan
    ideas resplandores, y que se agotan
    prodigando su savia: no las burlemos.
    ¿Qué fuera de nosotros sin su energía?
    ¡Oremos por el siglo, por su agonía
    del Suicidio en las negras fauces…!
                                                          ¡Oremos!

    Londres

    Desde el vitral de mi balcón distingo,
    al fulgor del crepúsculo, la ignota
    marejada de calles, en que flota
    la bíblica modorra del domingo.

    La bruma lenta y silenciosa, empieza
    fantasmagorizando los perfiles
    a envolver la metrópoli en sutiles
    velos trémulos —Yo tengo tristeza:

    la bíblica tristeza de este día,
    la tristeza de inútil romería
    que remata en inviernos agresores;

    el tedio de lloviznas pertinaces,
    y tu spleen, niebla límbica, que haces
    manchas grises de todos los colores.

    Como blanca teoría por el desierto…

    Como blanca teoría por el desierto
    desfilan silenciosas mis ilusiones,
    sin árbol que les preste sus ramazones,
    ni gruta que les brinde refugio cierto.

    La luna se levanta del campo yerto
    y, al claror de sus lívidas fulguraciones,
    como blanca teoría mis ilusiones
    desfilan silenciosas por el desierto.

    En vano al cielo piden revelaciones:
    son esfinges los astros, Edipo ha muerto;
    y a la faz de las viejas constelaciones,
    desfilan silenciosas mis ilusiones
    como blanca teoría por el desierto.

    Yo vengo de un brumoso país lejano…

    Yo vengo de un brumoso país lejano,
    regido por un viejo monarca triste…
    Mi numen sólo busca lo que es arcano,
    mi numen sólo adora lo que no existe.

    Tú lloras por un sueño que está lejano,
    tú aguardas un cariño que ya no existe:
    se pierden tus pupilas en el arcano
    como dos alas negras, y estás muy triste.

    Eres mía; nacimos de un mismo arcano
    y vamos, desdeñosos de cuanto existe,
    en pos de ese brumoso país lejano,
    regido por un viejo monarca triste…

    Libros

    Libros, urnas de ideas;
    libros, arcas de ensueño;
    libros, flor de la vida
    consciente; cofres místicos
    que custodiáis el pensamiento humano;
    nidos trémulos de alas poderosas,
    audaces e invencibles;
    atmósferas del alma;
    intimidad celeste y escondida
    de los altos espíritus.

    Libros, hojas del árbol de la ciencia;
    libros, espigas de oro
    que fecundara el Verbo desde el caos;
    libros en que ya empieza desde el tiempo
    el milagro de la inmortalidad;
    libros (los del poeta)
    que estáis, como los bosques,
    poblados de gorjeos, de perfumes,
    rumor de frondas y correr de agua;
    que estáis llenos, como las catedrales,
    de símbolos, de dioses y de arcanos.

    Libros, depositarios de la herencia
    misma del universo:
    antorchas en que arden
    las ideas eternas e inexhaustas;
    caja sonora donde custodiados
    están todos los ritmos
    que en la infancia del mundo
    las musas revelaron a los hombres.

    Libros, ¡ay!, sin los cuales
    no podemos vivir: sed siempre, siempre,
    los tácitos amigos de mis días.
    Y vosotros, aquellos que me disteis
    el consuelo y la luz de los filósofos,
    las excelsas doctrinas
    que son salud y vida y esperanza,
    servidle de piadosos cabezales
    a mi sueño en la noche que se acerca.

    (A. Nervo. Antología poética. Selec. y pról. Juan Domingo Argüelles. México: Océano, 2014)